EL
TESTIMONIO DEL PAREDÓN
Un
paseo por el viejo pueblo era un viaje a la historia; Damián,
recordaba, en su desocupada senectud, que cada uno de sus pasos libres
de hoy jamás los hubiera soñado en su ayer, cuando era
un combatiente; combatiente...¿de qué facción?,
¡Da igual!, Damián no quiere ni recordarlo ya.
El viejo hombre libre veía erigirse, sobre los antiguos cimientos,
nuevos edificios; resurgidos, como por arte de magia, de lo que él
recordaba como ruinosas edificaciones asoladas por los bombardeos del
pasado...
__ ¡Damián!. - el abuelo se vuelve a la llamada y un arrugado
rostro conocido sonríe.
__ Te estaba buscando, amigo, quería hablar contigo. - aquel
hombre tardó en coger el paso de Damián pues cojeaba ostensiblemente.-
__ ¿De qué se trata, Silvino?. - pregunta ciertamente
intrigado Damián. Cuando el otro llega a su lado los dos reanudan
el camino, esta vez más lento, adaptándose Damián
al paso de Silvino. -
__ Nos van a hacer un homenaje ¿sabes?. - acertó a decir
Silvino controlando su respiración irregular. -
__ ¿A quién? ¿A los viejos?
__ No. - Silvino sonríe ante el conocido humor ácido del
viejo Damián. - A los veteranos...
__ ¡Ah!, es por la guerra... - suspira Damián quejumbroso.
- ¿Es que no quieren olvidarla?
__ No es eso Damián. - trata de explicarse Silvino. - Federico,
el alcalde me ha dicho que es precisamente para aprender de los errores
del pasado, para no volver a enfrentarnos unos a otros en una guerra
civil sin sentido.
__ No, nunca aprenderán como nosotros, nunca aprenderán
nada.
Damián volvía a encerrarse en sí mismo, convencido
de que poco tenía que decir él sobre aprender del pasado,
todo lo que él podía enseñar era a cometer errores
uno tras otro, él fue el desgraciado que más errores cometió
de todos los soldados de cualquier ejército de tierra, mar y
aire. Y ahora qué; por ser viejo, ser sabio. La gente le escucharía
atentamente en aquel homenaje, podía mentir y contar la heroica,
o tal vez lo que la gente quería escuchar era lo mal que lo habían
pasado todos, ya no importaba quienes fueran los buenos o los malos.
Los dos viejos amigos caminaban en silencio, Silvino expectante, dudando
si hablar, creyendo que lo mejor sería dejar pensar a Damián
un rato más. Y Damián pensaba, si señor, andaba
y pensaba, no reconocía aquel pueblo nuevo con sus nuevos edificios
impolutos, intactos, sin agujeros de bala ni boquetes de obuses, sin
sus tejados derruidos por los ataques aéreos, sin embargo su
alma no podía reconstruirse tan fácilmente, su espíritu
siempre a la defensiva, en la trinchera psicológica que él
mismo había cavado con el paso de los años.
__ ¡Je! - terminó por sonreír cáusticamente
Damián, el cual había hecho tal ejercicio de introversión
que apenas recordaba la presencia de Silvino.
__ ¿Qué te parece gracioso? - Se atrevió a preguntar
su compañero de camino. -
__ No, nada es gracioso en esto, es sólo que no sabría
que decirle a la gente en un homenaje, que la guerra es estúpida
creo que ya lo saben, que fui yo un estúpido, la verdad, no me
apetece colgarme tal sambenito.
__ No fuimos estúpidos, fuimos los perros de aquella guerra.
- Silvino parecía enardecerse - éramos jóvenes,
nos pusieron un fusil en las manos y nos dijeron que un país
estaba en nuestras manos...
__ Suena a estúpidos, Silvino. - Aseguró Damián
dando a entender a su compañero que sus palabras no hacían
más que ratificar su idea. - estúpidos idealistas. -sentenció
-
__ ¿Lo harías ahora? - preguntó con oscuras intenciones
Silvino, Damián empezaba a sentirse conducido en aquella conversación
-
__ No, porque soy viejo - contestó -
__ Entonces es que algo has aprendido y que algo, por mucho que no lo
creas, puedes explicar sobre el asunto.
__ ¿Recuerdas este lugar, Silvino? - comentó Damián
deteniéndose frente a una pequeña plaza con una placa
conmemorativa de las víctimas del viejo paredón de fusilamiento
que se ubicó justo allí tiempo atrás.-
__ ¿Ha sido casualidad o me has traído tú hasta
aquí? - apuntó sorprendido Silvino por encontrarse en
ese lugar -
__ Todavía lo recuerdo Silvino, cada noche te veo frente a mí,
no quisiste ponerte la venda, me miraste y entonces comprendí
todo...
__ ¿Qué comprendiste Damián? - Silvino pensó
que tal vez el hecho de sincerarse podía ayudar a su viejo amigo
-
__ Que no tenía derecho - Damián caminó hacia la
placa - ¿Quién era yo para apagar la luz de tus ojos?
¿Por qué tenía que ser yo tu verdugo?.
__ Pero aprendiste, no lo hiciste, no me mataste.
__ Ya, pero me llevé a otros muchos, hombres que no se quitaron
la venda, hombres a los que no vi los ojos antes de apretar el gatillo;
sabes, si al primero al que disparé le hubiera visto los ojos
como a ti - Damián parecía forzarse para no llorar - no
hubiera matada a ninguno.
__ Bueno, era tu misión en aquella guerra, unos estaban en el
frente haciendo lo mismo que tú pero sin tener tiempo para pensar
en disparar, esa fue la única diferencia. Creo que tú
y yo tenemos muchas cosas que decirles a todos, aprenderían mucho
de todo eso que me has dicho.
__ No, Silvino, no pienso presentarme al público como un asesino.
__ ¡Damián!, estas manos también están manchadas
de sangre, más que las tuyas, seguro, estuve en el frente. -
Silvino parecía querer abrir los ojos a su amigo -
__ No sigas, no pienso dar testimonio de nada, bastante tengo con recordarlo
yo, es suficiente penitencia, por favor Silvino, si vas a ese homenaje
no me nombres, como siempre hemos hecho, hazlo aunque sólo sea
porque yo no te maté.
__ El día del homenaje llegó, el casino del pueblo estaba
repleto de gente deseosa de escuchar a sus viejos decir lo que pasó
en aquella absurda guerra. Cada uno de los participantes hacía
una pequeña intervención correspondida con una cadena
de aplausos.
Cuando llegó el turno de hablar a Silvino, un joven presentador
anunció:
"A continuación nos dará testimonio de la guerra
Silvino Pérez, el único superviviente que se conoce del
paredón"
Silvino anduvo hacia el micrófono con su visible cojera, carraspeó
y se pegó el micrófono a la boca:
__ Yo, sólo tengo que decir una cosa, como habréis podido
ver tengo secuelas en el andar desde aquella guerra, pero para mí
mi cojera es un grato recuerdo, un recuerdo del día que debía
haber muerto. - Silvino trató de contener su emoción,
emoción que nacía de ver a toda aquella gente escuchándole.
-
Como bien ha dicho el joven - Silvino miró al presentador, la
frase hizo gracia entre el público y brotó una ligera
risa - yo escapé al paredón de fusilamiento. - la gente
pareció tomar mayor atención, aquello parecía inverosímil
-
Ocurrió cuando el día de mi fusilamiento acudí
a mi destino a cara descubierta, fue un acto de soberbia juvenil, pero
quería morir viendo lo que ocurría. Ya en el patio, un
soldado me esperaba, junto a él un mando daba las instrucciones...
¡Carguen! - gritó Silvino reviviendo aquel momento y poniendo
la piel de gallina a todo el público. - dijo aquel oficial, yo
miré al soldado y sus ojos se clavaron en mí, sé
que aquel momento fue el que me salvó la vida, vi la duda en
su mirar y tuve la certeza de que él no era un asesino, él
disparaba a bultos con vendas, pero no a otro hombre que le mirara.
¡Apunten! - volvió a asustar Silvino a la gente - el arma
del soldado temblaba ligeramente y yo seguía mirándole.
¡Fuego! - terminó Silvino lo que la gente ya esperaba -
y el soldado disparó, sentí que me alcanzaba en la pierna
y me tiré al suelo, sin gritar, aguantando mi dolor, a duras
penas escuché al oficial "Recoja el cuerpo, soldado, y llévelo
a la fosa" El oficial se fue y el soldado se acercó a mí.
Desde entonces soy cojo, pero mereció la pena escuchar ese sincero
"lo siento, eres libre" que apenas pudo decir el soldado envuelto
en lágrimas cuando acudió a recogerme, hoy él es
mi amigo. Es lo único positivo que saqué de la guerra,
un amigo; y verdaderamente soy un afortunado, porque un amigo era lo
último que pensaba encontrar en el bando enemigo. Entre todas
las miserias de una guerra yo encontré un amigo ¿No es
increíble?
El público se quedó callado por unos momentos. Cuando
Silvino emprendió el camino de regreso hacia su silla la gente
empezó a aplaudir emocionada. Damián estaba al final de
la sala, lloraba como lo hacía Silvino. Los dos lloraban porque,
si aquellos interminables y estruendosos aplausos de admiración
eran sinceros, tal vez el testimonio hubiera servido de algo.
Juan Herranz