JUAN HERRANZ
Escritor Aragones


EL TESTIMONIO DEL PAREDÓN

Un paseo por el viejo pueblo era un viaje a la historia; Damián, recordaba, en su desocupada senectud, que cada uno de sus pasos libres de hoy jamás los hubiera soñado en su ayer, cuando era un combatiente; combatiente...¿de qué facción?, ¡Da igual!, Damián no quiere ni recordarlo ya.
El viejo hombre libre veía erigirse, sobre los antiguos cimientos, nuevos edificios; resurgidos, como por arte de magia, de lo que él recordaba como ruinosas edificaciones asoladas por los bombardeos del pasado...
__ ¡Damián!. - el abuelo se vuelve a la llamada y un arrugado rostro conocido sonríe.
__ Te estaba buscando, amigo, quería hablar contigo. - aquel hombre tardó en coger el paso de Damián pues cojeaba ostensiblemente.-
__ ¿De qué se trata, Silvino?. - pregunta ciertamente intrigado Damián. Cuando el otro llega a su lado los dos reanudan el camino, esta vez más lento, adaptándose Damián al paso de Silvino. -
__ Nos van a hacer un homenaje ¿sabes?. - acertó a decir Silvino controlando su respiración irregular. -
__ ¿A quién? ¿A los viejos?
__ No. - Silvino sonríe ante el conocido humor ácido del viejo Damián. - A los veteranos...
__ ¡Ah!, es por la guerra... - suspira Damián quejumbroso. - ¿Es que no quieren olvidarla?
__ No es eso Damián. - trata de explicarse Silvino. - Federico, el alcalde me ha dicho que es precisamente para aprender de los errores del pasado, para no volver a enfrentarnos unos a otros en una guerra civil sin sentido.
__ No, nunca aprenderán como nosotros, nunca aprenderán nada.
Damián volvía a encerrarse en sí mismo, convencido de que poco tenía que decir él sobre aprender del pasado, todo lo que él podía enseñar era a cometer errores uno tras otro, él fue el desgraciado que más errores cometió de todos los soldados de cualquier ejército de tierra, mar y aire. Y ahora qué; por ser viejo, ser sabio. La gente le escucharía atentamente en aquel homenaje, podía mentir y contar la heroica, o tal vez lo que la gente quería escuchar era lo mal que lo habían pasado todos, ya no importaba quienes fueran los buenos o los malos.
Los dos viejos amigos caminaban en silencio, Silvino expectante, dudando si hablar, creyendo que lo mejor sería dejar pensar a Damián un rato más. Y Damián pensaba, si señor, andaba y pensaba, no reconocía aquel pueblo nuevo con sus nuevos edificios impolutos, intactos, sin agujeros de bala ni boquetes de obuses, sin sus tejados derruidos por los ataques aéreos, sin embargo su alma no podía reconstruirse tan fácilmente, su espíritu siempre a la defensiva, en la trinchera psicológica que él mismo había cavado con el paso de los años.
__ ¡Je! - terminó por sonreír cáusticamente Damián, el cual había hecho tal ejercicio de introversión que apenas recordaba la presencia de Silvino.
__ ¿Qué te parece gracioso? - Se atrevió a preguntar su compañero de camino. -
__ No, nada es gracioso en esto, es sólo que no sabría que decirle a la gente en un homenaje, que la guerra es estúpida creo que ya lo saben, que fui yo un estúpido, la verdad, no me apetece colgarme tal sambenito.
__ No fuimos estúpidos, fuimos los perros de aquella guerra. - Silvino parecía enardecerse - éramos jóvenes, nos pusieron un fusil en las manos y nos dijeron que un país estaba en nuestras manos...
__ Suena a estúpidos, Silvino. - Aseguró Damián dando a entender a su compañero que sus palabras no hacían más que ratificar su idea. - estúpidos idealistas. -sentenció -
__ ¿Lo harías ahora? - preguntó con oscuras intenciones Silvino, Damián empezaba a sentirse conducido en aquella conversación -
__ No, porque soy viejo - contestó -
__ Entonces es que algo has aprendido y que algo, por mucho que no lo creas, puedes explicar sobre el asunto.
__ ¿Recuerdas este lugar, Silvino? - comentó Damián deteniéndose frente a una pequeña plaza con una placa conmemorativa de las víctimas del viejo paredón de fusilamiento que se ubicó justo allí tiempo atrás.-
__ ¿Ha sido casualidad o me has traído tú hasta aquí? - apuntó sorprendido Silvino por encontrarse en ese lugar -
__ Todavía lo recuerdo Silvino, cada noche te veo frente a mí, no quisiste ponerte la venda, me miraste y entonces comprendí todo...
__ ¿Qué comprendiste Damián? - Silvino pensó que tal vez el hecho de sincerarse podía ayudar a su viejo amigo -
__ Que no tenía derecho - Damián caminó hacia la placa - ¿Quién era yo para apagar la luz de tus ojos? ¿Por qué tenía que ser yo tu verdugo?.
__ Pero aprendiste, no lo hiciste, no me mataste.
__ Ya, pero me llevé a otros muchos, hombres que no se quitaron la venda, hombres a los que no vi los ojos antes de apretar el gatillo; sabes, si al primero al que disparé le hubiera visto los ojos como a ti - Damián parecía forzarse para no llorar - no hubiera matada a ninguno.
__ Bueno, era tu misión en aquella guerra, unos estaban en el frente haciendo lo mismo que tú pero sin tener tiempo para pensar en disparar, esa fue la única diferencia. Creo que tú y yo tenemos muchas cosas que decirles a todos, aprenderían mucho de todo eso que me has dicho.
__ No, Silvino, no pienso presentarme al público como un asesino.
__ ¡Damián!, estas manos también están manchadas de sangre, más que las tuyas, seguro, estuve en el frente. - Silvino parecía querer abrir los ojos a su amigo -
__ No sigas, no pienso dar testimonio de nada, bastante tengo con recordarlo yo, es suficiente penitencia, por favor Silvino, si vas a ese homenaje no me nombres, como siempre hemos hecho, hazlo aunque sólo sea porque yo no te maté.
__ El día del homenaje llegó, el casino del pueblo estaba repleto de gente deseosa de escuchar a sus viejos decir lo que pasó en aquella absurda guerra. Cada uno de los participantes hacía una pequeña intervención correspondida con una cadena de aplausos.
Cuando llegó el turno de hablar a Silvino, un joven presentador anunció:
"A continuación nos dará testimonio de la guerra Silvino Pérez, el único superviviente que se conoce del paredón"
Silvino anduvo hacia el micrófono con su visible cojera, carraspeó y se pegó el micrófono a la boca:
__ Yo, sólo tengo que decir una cosa, como habréis podido ver tengo secuelas en el andar desde aquella guerra, pero para mí mi cojera es un grato recuerdo, un recuerdo del día que debía haber muerto. - Silvino trató de contener su emoción, emoción que nacía de ver a toda aquella gente escuchándole. -
Como bien ha dicho el joven - Silvino miró al presentador, la frase hizo gracia entre el público y brotó una ligera risa - yo escapé al paredón de fusilamiento. - la gente pareció tomar mayor atención, aquello parecía inverosímil -
Ocurrió cuando el día de mi fusilamiento acudí a mi destino a cara descubierta, fue un acto de soberbia juvenil, pero quería morir viendo lo que ocurría. Ya en el patio, un soldado me esperaba, junto a él un mando daba las instrucciones...
¡Carguen! - gritó Silvino reviviendo aquel momento y poniendo la piel de gallina a todo el público. - dijo aquel oficial, yo miré al soldado y sus ojos se clavaron en mí, sé que aquel momento fue el que me salvó la vida, vi la duda en su mirar y tuve la certeza de que él no era un asesino, él disparaba a bultos con vendas, pero no a otro hombre que le mirara.
¡Apunten! - volvió a asustar Silvino a la gente - el arma del soldado temblaba ligeramente y yo seguía mirándole.
¡Fuego! - terminó Silvino lo que la gente ya esperaba - y el soldado disparó, sentí que me alcanzaba en la pierna y me tiré al suelo, sin gritar, aguantando mi dolor, a duras penas escuché al oficial "Recoja el cuerpo, soldado, y llévelo a la fosa" El oficial se fue y el soldado se acercó a mí. Desde entonces soy cojo, pero mereció la pena escuchar ese sincero "lo siento, eres libre" que apenas pudo decir el soldado envuelto en lágrimas cuando acudió a recogerme, hoy él es mi amigo. Es lo único positivo que saqué de la guerra, un amigo; y verdaderamente soy un afortunado, porque un amigo era lo último que pensaba encontrar en el bando enemigo. Entre todas las miserias de una guerra yo encontré un amigo ¿No es increíble?
El público se quedó callado por unos momentos. Cuando Silvino emprendió el camino de regreso hacia su silla la gente empezó a aplaudir emocionada. Damián estaba al final de la sala, lloraba como lo hacía Silvino. Los dos lloraban porque, si aquellos interminables y estruendosos aplausos de admiración eran sinceros, tal vez el testimonio hubiera servido de algo.


Juan Herranz

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